Para 2026, las predicciones sobre el cambio climático apuntan a que será otro año extremadamente cálido, probablemente el cuarto consecutivo superando los 1.4°C sobre niveles preindustriales, con un rango central proyectado de 1.46°C, acercándose peligrosamente al límite de 1.5°C del Acuerdo de París, impulsado por gases de efecto invernadero.
En Argentina, se esperan contrastes climáticos marcados: veranos más cálidos y secos con olas de calor intensas (especialmente en enero), y otoños con irrupciones tempranas de aire polar, heladas y tormentas severas, con lluvias abundantes en el noreste y déficit en el centro del país, todo bajo influencia de un evento débil de La Niña y el calentamiento global.
“Para lo que sería el trimestre de verano, nosotros veríamos que estaríamos dominados por las condiciones meteorológicas de La Niña, que puede traer un déficit de precipitación en todo lo que sería la zona del noroeste argentino. Sin embargo, podemos tener precipitaciones por encima de lo normal en lo que sería la parte del noroeste argentino”, explicó Maximiliano Vita, vocero del Servicio Meteorológico Nacional. Y agregó: “A su vez, también esto viene asociado a los valores de temperatura que uno esperaría tener para lo que sería gran parte de la provincia, de Buenos Aires y también para todo el país. Esperaríamos tener anomalías de temperatura por encima de lo normal, o a las condiciones normales para ese trimestre”.
Efectos del cambio climático
El calentamiento observado no es un episodio aislado, sino el resultado de una tendencia prolongada que se ha intensificado desde comienzos del siglo XXI, con especial aceleración a partir de 2023.
Los climatólogos subrayan que el umbral de 1,5 grados, fijado como referencia crítica en el Acuerdo de París, está cada vez más cerca de ser superado de forma recurrente y no puntual.
Sin una reducción rápida y sostenida de las emisiones globales, estos niveles de calentamiento dejarán de ser una excepción estadística.
Para limitar el calentamiento global, debemos reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) mediante la transición a energías renovables, mejorando la eficiencia energética, promoviendo el transporte sostenible y adoptando un consumo responsable mientras protegemos y restauramos los ecosistemas naturales como bosques, que son sumideros de dióxido de carbono.
La tendencia de calentamiento por el cambio climático que se vive hoy es diferente porque es claramente el resultado de las actividades humanas desde mediados del siglo XIX y avanza a un ritmo que no se ha visto en muchos milenios recientes. Es innegable que las actividades humanas han producido los gases atmosféricos que han atrapado una mayor parte de la energía del Sol en el sistema de la Tierra. Esta energía adicional ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra, y se han producido cambios rápidos y generalizados.
Tomemos el caso de los glaciares. Argentina cuenta con más de 16.000 glaciares, ubicados principalmente en la Cordillera de los Andes a lo largo de unas 39 cuencas hídricas, siendo cruciales para el suministro de agua dulce.
En el país, estos ecosistemas hoy están protegidos por ley, continuamente el sector minero ha intentado modificar las normas que los resguardan. La actual ley de los Glaciares, norma 26.639 es una norma de presupuestos mínimos para la protección de glaciares y del ambiente periglacial, con el objetivo de preservarlos como reservas estratégicas de recursos hídricos para el consumo humano, para la agricultura, para la recarga de cuencas hidrográficas, como fuente de información científica, por su valor turístico y para la protección de la biodiversidad.
El gobierno argentino precedido por el Presidente Javier Milei impulsa una reforma de la Ley de Glaciares para desregular la protección del ambiente periglaciar, buscando habilitar la minería en zonas antes protegidas, argumentando desarrollo y pedidos provinciales, pero enfrenta fuerte rechazo ambientalista que alerta sobre la pérdida de agua dulce y el impacto en las cuencas hídricas, defendiendo la ley como vital para la seguridad hídrica nacional y el futuro, destacando que un proyecto ya fue enviado al Congreso para su tratamiento en sesiones extraordinarias en 2025.
Del cambio climático, se espera un futuro con temperaturas más altas, eventos climáticos extremos (sequías, inundaciones, tormentas), aumento del nivel del mar, impactos severos en la salud, seguridad alimentaria y economía, y una mayor migración. Las decisiones actuales definirán si el calentamiento supera los 1.5°C o 2°C, lo que intensificará estos efectos, aunque también existen oportunidades de adaptación y mitigación a través de la transición energética y cambios culturales, pero hay que comenzar a hacerlos ya, no mañana
Cristián Frers – Técnico Superior en Gestión Ambiental y Técnico Superior en Comunicación Social (Periodista).
El diario