La deuda de las familias bonaerenses alcanzó niveles elevados y mostró fuertes diferencias territoriales, etarias y de género, según dos relevamientos recientes sobre endeudamiento.
La posibilidad de llegar a fin de mes se volvió, para muchas familias, una cuestión que excede la administración cotidiana del dinero. Cuando los ingresos no alcanzan, el crédito aparece como una herramienta para resolver una necesidad inmediata, pero puede convertirse en un problema cuando la capacidad de pago se deteriora.
Esa dinámica deja huellas diferentes según el lugar donde vive cada familia, su edad y las responsabilidades que tiene a cargo.
En la provincia de Buenos Aires, los datos disponibles permiten observar un mapa heterogéneo. Hay municipios donde la proporción de personas con deudas en situación de mora supera ampliamente el promedio provincial y grupos de edad en los que el problema adquiere una dimensión particularmente marcada.
Pero los números sobre morosidad muestran solamente una parte de la problemática.
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Detrás de cada deuda existe una decisión de consumo, una emergencia familiar o la necesidad de cubrir gastos que no pudieron ser afrontados con los ingresos habituales. Dos estudios recientes permiten acercarse a esa dimensión menos visible del fenómeno.
Uno de ellos trazó el denominado “Mapa de la Deuda” a partir de información de la Central de Deudores del Banco Central. El otro, elaborado por la Defensoría del Pueblo bonaerense, indagó en las estrategias que utilizan los hogares para financiarse y en las consecuencias que esa situación tiene sobre la vida cotidiana.
Los resultados muestran una provincia en la que el endeudamiento no se distribuye de manera uniforme.
Deuda y un mapa desigual en la Provincia
El relevamiento realizado por el Centro de Estudios de la Ciudad junto con la Fundación Friedrich Ebert ubicó la tasa de mora provincial en 20,17%.
En términos absolutos, la deuda en situación de mora alcanzó los $6,49 billones, mientras que la cantidad de personas consideradas deudoras morosas llegó a 1,84 millones.
El dato adquiere otra dimensión cuando se observa el territorio.
Los niveles más elevados se concentraron en municipios del Conurbano bonaerense. José C. Paz encabezó el ranking con una tasa de mora del 32,86%.
Muy cerca se ubicó Presidente Perón, con el 32,73%, mientras que Florencio Varela completó los tres primeros lugares con el 32,48%.
El listado continuó con Malvinas Argentinas, con 31,34%; San Vicente, 29,92%; Ezeiza, 29,63%; Moreno, 29,39%; Merlo, 28,56%; Esteban Echeverría, 27,34%; y Berazategui, 26,45%.
Una característica atraviesa todo ese grupo: los diez municipios se ubicaron por encima del promedio provincial.
La diferencia territorial resulta relevante porque permite advertir que la morosidad no puede analizarse solamente como una cuestión individual.
Las condiciones económicas de cada distrito, las características de los hogares y las posibilidades de acceso a distintas fuentes de financiamiento forman parte de un escenario más amplio.
El mapa también cambia cuando se incorpora la edad.
Los jóvenes aparecen como uno de los segmentos más expuestos a la mora. En José C. Paz, por ejemplo, la tasa entre las personas de hasta 25 años alcanzó el 46,17%, con 5.997 personas afectadas.
Entre quienes tenían entre 26 y 35 años, el porcentaje llegó al 42,40%, con 14.171 deudores. Este último grupo concentró la mayor cantidad absoluta de personas en mora dentro del municipio.
A partir de los 36 años, la proporción descendió progresivamente.
Entre los mayores de 75 años, la tasa se ubicó en 12,86%.
El informe también encontró una diferencia por género entre los menores de 25 años: la mora alcanzó al 47,62% de los hombres y al 44,04% de las mujeres.
Los números muestran así que la edad constituye otro de los factores que modifican significativamente el panorama.
Cuando pedir un préstamo deja de ser una excepción
El segundo relevamiento permite comprender qué sucede detrás de parte de esos números.
El estudio “Hablemos de deudas: desigualdades, informalidad y género”, elaborado por la Defensoría del Pueblo de la provincia de Buenos Aires, reunió 1.408 respuestas correspondientes a 97 partidos.
Según el trabajo, el 56,6% de los hogares había recurrido a un préstamo durante los doce meses analizados.
Pero el dato que aparece inmediatamente después resulta significativo: de ese grupo, el 73,5% todavía no había logrado cancelar la deuda.
Además, el destino del dinero muestra que una parte importante del endeudamiento estuvo relacionada con gastos esenciales.
El 56,9% de los préstamos se utilizó para comprar alimentos. El 30% estuvo destinado a sostener la vivienda, mientras que el 29,5% se utilizó para pagar servicios.
Otro 28,5% tuvo como destino gastos vinculados con la salud.
La fotografía que surge de estos porcentajes es diferente a la idea de un endeudamiento asociado exclusivamente al consumo de bienes no esenciales.
En numerosos casos, el crédito aparece como una herramienta para resolver necesidades básicas.
También resulta relevante la modalidad utilizada.
El estudio señaló que el 51,9% de los hogares recurrió a mecanismos de financiamiento no bancarios o informales.
Esa situación puede adquirir características particularmente complejas cuando una familia no dispone de ingresos suficientes para afrontar el pago de manera regular.
La problemática también presenta una dimensión vinculada al género.
La toma de crédito alcanzó al 72% de las familias nucleares con hijos sostenidas por mujeres y al 64,4% de los hogares monomarentales.
Entre estos últimos, el 82,1% mantenía deudas activas y el 59,2% había recurrido a prestamistas o circuitos informales.
Otro relevamiento de la Defensoría citado en el estudio indicó que el 44% de las mujeres encuestadas dependía del dinero prestado para completar sus ingresos mensuales. La modalidad más frecuente fue recurrir a un prestamista informal.
La presencia de tareas de cuidado también modificó los resultados.
En hogares donde había niños, adolescentes o personas mayores que requerían asistencia, la toma de crédito alcanzó el 82,6%.
En las familias sin tareas de cuidado, el porcentaje fue del 53,5%.
La diferencia permite observar cómo las responsabilidades familiares pueden aumentar la presión sobre los ingresos disponibles.
Y allí aparece una consecuencia que no siempre queda reflejada en una estadística de morosidad.
El 75% de los hogares endeudados manifestó consecuencias negativas en su vida cotidiana, entre ellas estrés, angustia y deterioro de la salud mental.
Entre las estrategias mencionadas para afrontar las obligaciones aparecieron decisiones especialmente sensibles: saltear comidas, extender las jornadas laborales y suspender tratamientos médicos para destinar esos recursos al pago de las deudas.
Los dos relevamientos, analizados en conjunto, permiten construir una imagen más completa.
El “Mapa de la Deuda” muestra dónde se concentra la morosidad y cómo cambia según la edad y el género. El estudio de la Defensoría permite observar qué necesidades llevaron a muchas familias a pedir dinero y qué consecuencias aparecen después.
La cuestión, por lo tanto, no se reduce al monto adeudado.
También importa entender por qué se tomó el crédito, qué gastos permitió cubrir y qué sacrificios aparecen cuando llega el momento de devolverlo.
Los datos muestran que, para una parte de los hogares bonaerenses, endeudarse dejó de ser una herramienta utilizada ocasionalmente y pasó a formar parte de la estrategia para sostener los gastos cotidianos.
Ese escenario plantea un desafío que va más allá de las cifras de morosidad: comprender cómo evitar que una deuda tomada para resolver una necesidad inmediata termine profundizando la vulnerabilidad económica de una familia.
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